jueves, 18 de septiembre de 2014

Luz en letras


Un poema dedicado a mi querida esposa  


Jamás me imagine que vería los segundos de un reloj, los minutos que hay en una hora y las horas que se alimentan del día. El día que alimenta el tiempo y el tiempo que corroe el cuerpo y el alma.

En medio de compañía tengo soledad, en medio de la oración pido protección, en medio de mis ideas solo mi pensamiento, que me hacía sentir vivo y libre, se transforma en ilusiones casi inútiles. La ansiedad por una palabra de aliento, la llegada de un mensaje o la llamada que me pueda salvar, no puedo acompañarla desde la absoluta tranquilidad si no en medio de más recriminaciones y sensación de estorbo.

Hoy, me siento como Ana Frank en su ático, escribiendo un diario de dolor al compás de pisar suavemente para no ser sentido y, peor aún, correr con el mismo destino.

El amor que había vivido en medio de abrazos y sonrisas hoy en día lo consigo en el pensamiento y el recuerdo de tiempos mejores, el remordimiento por los pecados, la pena por los errores y el padecimiento son castigos poco crueles ante el miedo; el miedo a la incertidumbre de que Dios no me oiga y deba verme frente a un peor destino, llevándome a la locura de pensar en convertirme en alma en pena si no logro asegurar la vida de ustedes que son, desde hace mucho, mi alma exteriorizada.




Fe en el señor y miedo a los demonios que me circundan son mi accionar como mortal. Hasta donde pude he tratado de dejar un legado, es lo único que me regocija ante este sombrío estar.

Gracias por amarme, gracias por tolerarme, gracias por todo cuchita mía. A ti dedico este poema que como cuervo que persiguió a Poe, sea también la esperanza del centurión que pidió por una palabra a Cristo para sanarse. Eres mi inspiración. Si la bruma y la penumbra entorpece nuestras vistas, en el horizonte te pido que estas líneas las publiques a los cuatro vientos para que nunca se dude que te he amado con todo el ser de un hombre.

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